martes, 25 de mayo de 2010

Capítulo segundo (Piedras de sangre)

Capítulo segundo
Piedras de sangre

El sonido de los frenos desgastados atrajo mi atención al exterior, había llamado al profesor hace tan solo diez minutos, tiempo suficiente para poner todo patas arriba en medio de mi ataque de nervios ¿Cómo había sido posible? No había explicación lógica ni científica para poder explicar semejante fenómeno. Me apresuré en salir afuera para recibir al doctor, al menos había llegado deprisa.

-Vaya ¿Pero qué tenemos aquí? Si es ni más ni menos que el alumno de nuestro querido profesor.- Sobresaltado, quedé plantado en la puerta de la caseta, no era precisamente el doctor quien había llegado sino uno de sus competidores, el doctor Nollsworth se bajaba del jeep, de faz morena y barba blanca ataviado con un bastón y un traje blanco con sombrero rematado con unos zapatos negros y botones de oro. El doctor Nollsworth era el cabrón más astuto de esta zona del desierto y seguramente también de su ciudad, el profesor tuvo su primer encontronazo con él en la facultad de arqueología, trabajando en la investigación de cuevas abandonó al doctor cuando una galería se les vino encima, para salvar su pellejo. Supongo que lo peor del caso fue que aunque el doctor consiguiera salir el solo le esperaba fuera rodeado de cámaras y periodistas que gravaban su tremenda aflicción, ahora es un ladrón de descubrimientos que nos saca los cuartos cada vez que puede haciendo alarde de mercenarios y asesinos dispuestos a todo por un par de monedas. Es sin duda el tipo de persona que no esperaba encontrar y mucho menos una que me haya gustado conocer.

-Veo que no eran campesinos los que disparaban hace un rato, dígame doctor ¿En qué puedo ayudarle? Tal vez quiera que, no sé ¿le traigo algún animal atado al que pueda disparar?- Mientras hablaba, contaba el número de secuaces que se había traído esta vez, solo tres, suficientes para que me temblaran las piernas. Poco a poco, a medida que se me acercaba entre leves risotadas me acerqué a la mesa donde había dejado la piedra.

-Parece que tienes buen sentido del humor.- Hizo un gesto con la mano y uno de los hombres agarró un saco que llevaban en la parte trasera del jeep.-Veamos si te ríes con esto.- El mercenario soltó el saco bruscamente en el suelo, escuché un quejido familiar. Abrió el saco y allí estaba él, confirmando mis terribles sospechas.

-¡Hamas!-No pude reprimir el impulso de lanzarme hacia el muchacho que yacía inmóvil en el suelo, pero el profesor me detuvo con su bastón.

-No te lo recomendaría, verás, esta gente…se pone muy nerviosa ¿sabes? Tienden a dejar de escucharme cuando se sienten amenazados.- Los mercenarios me sonrieron enseñando sus armas.- Y ahora, vamos a entrar en tu tienducha, vas a invitarme a coger lo que quiera y después voy a irme habiendo cobrado el hecho de que estéis aquí sacando piedritas, ¿entendido héroe?-

-S…si.-

-Bien.- Sonriéndome se metió un puro en la boca y me hizo un gesto para que entrara en la tienda, tenía que distraerle de lo que había encontrado así que debía idear un plan rápidamente o podría pasar de vivo a fiambre en menos de un minuto.

-Verá doctor, el profesor no ha podido encontrar ningún tipo de riqueza material últimamente, pero todavía nos queda algo de la tumba del guardián carcelero que encontramos hará medio mes.- Señalé una esquina de la cabaña en la que había un baúl, sabía perfectamente que en ese baúl solo había ropa pero era el único modo de distraerlo, en cuanto se dirigió hacia allí tapé con un pañuelo la piedra que yacía sobre el escritorio, haciendo como si recogiera apresuradamente.

-Como verá tenemos todo esto hecho un desastre, disculpe el desorden.- Escuché como se abría el baúl.

-Aquí solo hay ropa-

-¿Qué? No puede ser, ju…juraría que dejamos ahí los restos.-

-Ya…-El profesor se llevó la mano a la solapa del traje. Fue entonces cuando vi la respuesta.

-¡Aquí lo tengo! ¿Ve como estaba en un baúl?- El único modo que tenía de salir de esta desesperada situación era entregarle el dinero que tenía ahorrado, pero no era mucho, el pulso me temblaba, cuando me di la vuelta con la caja en la que los guardaba, tenía una punta de pistola amenazando mi garganta.

-Veo que no comprendes lo delicado de tu situación, así que, como soy una buena persona voy a explicártela. Hace ya más de un mes que no vengo a pasaros factura chicos y qué casualidad resulta que cuando llego aquí solo hay un gilipollas aficionado a la lectura que pretende venderme la moto.-Apenas podía balbucear, el miedo me había petrificado y sentía un profundo dolor que me entumecía los músculos. Me agarró del pelo fuertemente y acercó su puro a mi cara, el intenso calor de la ceniza amenazaba mi ojo.

-Me vas a dar mil quinientos dólares americanos, o ese niño que hay ahí fuera va a morir.-

-N…no tengo ese…-

-Disculpa, creo que no te he oído, ¿Cómo dices?- Cogió el puro con una mano y sacándoselo de la boca me lo incrustó en la mejilla, la quemadura me hizo gritar de dolor, caí de rodillas al suelo llevándome las manos a la cara.

-Vaya…así que ahora sí que hablas eh- Uno de los mercenarios entró en la cabaña y me sacó a rastras, pataleé con todas mis fuerzas pero no sirvió de nada, me lanzaron al lado de Hamas que lloraba en el suelo. La arena fría de la noche desértica me cubrió la cara y penetró en la quemadura.

-¡Tengo mil, tengo mil dólares!- Los mercenarios nos rodearon con las armas a punto y el doctor se puso delante de mí.

-Vaya, mil dólares. ¿Le he pedido mil dólares chicos?- Los mercenarios rieron y negaron.-No te he pedido mil míseros dólares, he pedido mil quinientos y no me los has dado, así que…-El doctor apuntó a Hamas con su pistola mirándome fijamente.-Me parece que vas a tener que limpiar todo esto cuando nos vayamos.-Iba a apretar el gatillo, sabía que iba a hacerlo, no me quedó otra salida.

-¡No!, espere…espere por el amor de Dios, he…he descubierto algo hoy.-

-Bueno, parece que ya hablas mi idioma, te escucho-

-Hay una piedra, una piedra debajo de un paño en mi escritorio.-

-Espera, ¿una piedra? Creía que hablabas de dinero, ¿Para qué coño quiero yo una piedra?- Los mercenarios volvieron a reír y esta vez cargaron las armas, uno de ellos se acercó y me ató las manos a la espalda, también hicieron lo mismo con Hamas.

-No es una piedra corriente, la trajo el doctor y creía que no tenía nada, pero cuando le cayó agua encima apareció algo que tenía escrito, no sé que es porque no he podido traducirlo pero le aseguro que algo así vale millones.-

-Millones eh…- Nollsworth hizo una señal y bajaron las armas, su expresión de duda me trajo esperanzas, al parecer había funcionado, pero a qué precio.-Tú, tráeme la piedra.- El mercenario que nos había atado se metió en la caseta y sacó la piedra triangular, el profesor la examinó con detenimiento sosteniéndola con ambas manos y finalmente se la devolvió suspirando.

-Parece que hoy es tu día de suerte, vamos chicos, subamos al jeep.- La cuerda me quemaba las muñecas y el dolor de la quemadura palpitaba en mi mejilla, pero por suerte había conseguido que esos bastardos se fueran, o eso pensaba.

-Verás, hay un pequeño problema, no entiendo una mierda de lo que pone en esa piedra ¿sabes? Y realmente me gustaría poder confiar en ti, pero en este negocio las cosas no funcionan como uno quiere, así que….-

Ante mi atónita e impotente mirada el profesor levantó su pistola y me apuntó a la cabeza, después de sonreírme apuntó a Hamas y una bala atravesó su cabeza con un sonido que retumbó en el desierto y quebró mi alma.

-¡NO!- Mis gritos de dolor se elevaron en el aire a medida que me arrastraba hacia el niño, ¿cómo había podido? Ese hijo de perra pagaría lo que había hecho.

-Ah…me encanta el trabajo de campo, adiós y dale recuerdos a mi querido compañero de graduación.- El jeep se alejó en la inmensidad, llevándose el fruto de nuestra lucha y el alma de un niño inocente. Las lagrimas brotaron de mis ojos como cascadas de cristal, me ardía el corazón, la furia explotaba en mi interior y la rabia se apoderó de mí, me arrastré hasta el cuerpo sin vida del niño y grité, grité hasta que lloraron las estrellas.
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viernes, 21 de mayo de 2010

Capítulo primero ( la noche es polvo)

Antes de nada, sabed que es la una de la mañana y me ha venido la inspiración, corregiré los posibles fallos de puntuación durante la semana, espero que disfruteis el primer capítulo!


Capítulo Primero
La noche es polvo

-Oh…Dioses, jamás pensé que este libro podría ser tan interesante-

-¿De verdad te gustan esas porquerías?-

-No es una porquería, zafio gañán de pelo lanudo, esto, es una obra de arte-

-¿Un libro escrito por un hombre que vivió el accidente de Chernóbil, encerrado en un reformatorio mientras miraba el pelo de su amada? Oh si, toda una obra de arte, sin duda. Por cierto ¿Qué tal si haces algo útil y me dices dónde demonios se ha metido el doctor? Tengo una entrega para el.-

El acento de Habbab siempre sonaba de lo más curioso, ese acento que los de origen Islámico nunca consiguen perder. Aunque su nombre significara adorable, el no tenía nada de adorable, un tipo de expresiones rudas y cicatrices faciales que eran de lo menos atractivo, además de una galantería nula y una educación poco menos que negativa.
Mi nombre es Eón y soy arqueólogo en prácticas, actualmente trabajo con el doctor Swan en las investigaciones recientes de una cárcel egipcia que encontraron el año pasado. Este tipo de gente le trae paquetes continuamente y por desgracia suelen ser avisos de retirada de fondos. El doctor tiene la convicción de que aquí abajo hay algo, aunque a veces sinceramente llego a dudar de que su cordura siga intacta.

-Dime… ¿Dónde crees que ha podido irse? Estamos en Kharga por el amor del cielo, habrá ido a la excavación.-

-Pues yo no quiero ir allí, así que firma tú.-

-¿Qué le han mandado esta vez?-

-¿Tengo pinta de abrir paquetes ajenos?-

-Tienes pinta de muchas cosas…- El dolor seco de un coscorrón me dejó bien claro que había ido demasiado lejos, después de todo, los patanes traficantes también tienen su orgullo, aunque sinceramente no sé de dónde lo sacarán.

-Sigue leyendo cuentos de ciegos que sueñan con pelos de mujer, yo me largo.- Hababb se subió al jeep en el que esperaba uno de sus secuaces y marchó levantando arena, definitivamente, un completo imbécil. Por suerte para mi, el desierto traía muchas más cosas agradables que desagradables y aunque soy arqueólogo y me repitan constantemente que las piedras son aburridas, yo encuentro este gran trozo de arena de lo más apasionante. Llevo de prácticas con el señor Swann menos de tres meses y ya ha conseguido que me apasione por la cultura egipcia de hace milenios, el único problema es que la gran mayoría de las veces que habla no le entiendo dado que su opinión sobre que lo egipcio, en egipcio debe aprenderse, es un poco mentalmente avanzada para mí.

-Genial, no solo este zumbado me critica la lectura sino que además tengo que cargar con este paquete, me pregunto qué extraño artilugio será ahora.-

-Veo que lo de quejarte en voz alta sigue siendo una costumbre.-

-¡Doctor! No le había visto llegar.-

-Sé lo que no ves, porque eres tan ciego como el protagonista de tu libro. Vaya, ¿Ya ha llegado? Bien, por fin podré escuchar algo que no sean tus quejidos.- El doctor siempre se quejaba de que yo me quejaba, pero claro ¿qué otra cosa hacer en un desierto que no sea quejarse, dormir o cavar?

-Profesor qué… ¿Qué es esta vez?- El doctor solía recibir artilugios tales como lupas, pinzas mecánicas, varillas contra el polvo, libros sobre arqueología egipcia, libros de historia, cartas de anónimos, y todo tipo de material de arqueología de orden desconocido incluso para mí.

-Es una tele.-

-¿QUÉ?-

-Pues eso, una tele.- El aparato cochambroso y polvoriento que sacó de la caja tenía pinta de ser todo, menos una tele. Con cables que colgaban por todos lados y tan larga como la mesa de estudio, pero con una pantalla tan pequeña que para ver algo seguramente tendríamos que utilizar las lupas.

-Qué… ¿Qué clase de bestia aberrante es eso?-

-Oye, que es tecnología puntera.-

-Claro, VHS Picapiedra último modelo.-

-Señorito, estamos en el desierto, te reto a conseguir algo mejor.-
El doctor también tenía la mala costumbre de conseguir que mantuviera la boca cerrada. Para mi sorpresa, una vez conectado el aparato al generador las imágenes brotaron, no demasiado nítidas claro, pero bien sintonizadas eran perfectamente entendibles.

-¿Qué sintoniza profesor?-

-El vaticano, van a investir al nuevo Papa.-

-Vaya, así que era eso lo que había estado intentando averiguar en los periódicos.-

-Tu mente es cuanto menos aguda querido pupilo.-

El doctor había sintonizado el canal en egipcio, por suerte. Al parecer la fumata blanca aún no se había elevado en el aire, así que por el momento nada de dirigente eclesiástico en nuestro año del señor 2025.

-¿Ha encontrado algo interesante hoy?-

-Pues no, solo piedras lisas en lo que parecía ser una tumba vacía.- dijo mientras arrojaba de su mochila un montón de peñascos a la mesa de estudio.

-Pero…la tumba.-

-Hemos encontrado una antigua cárcel, encontrar tumbas no es precisamente lo que busco.- Dicho esto salió del campamento.
A lo lejos, como cada mañana, los gritos de un niño hiperactivo se aproximaban al galope. Hamas, un niño del pueblo nos traía agua y comida cuando la caravana de su padre pasaba cerca del campamento, el nombre en definitiva le venía al dedillo.

-¡Doctor, doctor Hamas trae comida y agua!-

-Muy bien pequeño, déjalo dentro y te daré tu paga.- Acto seguido, como siempre, podía ver la pequeña cabeza de Hamas entrando por la puerta, con su pequeño cuerpecito cargado de bolsas de piel y cantimploras de agua. El pequeño disfrutaba también con nuestro oficio, siempre preguntaba qué era aquello y esto, me traía recuerdos.

-Hola Eón, ¿Cómo está?-

-A los amigos se dice Cómo estás, y estoy muy bien gracias ¿Qué me traes aquí?-
-Agua y comida señor Eón, pero como agua no en pozo Hamas coger agua de mezquita.-
-¿Has robado el agua de la mezquita?-

-No señor, Hamas no roba, Hamas trato con gente de mezquita-

-Oh…-
El joven soltó todo lo que llevaba encima y salió raudo a por su recompensa, normalmente el doctor le premiaba con chocolatinas y eso a él le encantaba. Como siempre, comida y agua, aunque ciertamente el agua esta vez fuera de una mezquita y no de un pozo.

-Eón, voy a salir al poblado, quédate y revisa las piedras, volveré al anochecer.-

-Sí profesor, lo haré-

-Hasta la vuelta-

-Adiós señor Eón.-

Una vez más el sonido del jeep se alejó en la inmensidad del desierto y allí solo me quedé. He de admitir que la retransmisión vía cacharro era un grato compañero. Tras largas horas de análisis químicos, con lupa y microscopio llegué a una clara conclusión: nada.
En aquellas rocas no había nada, ni rastro, la mayoría se deshicieron en mis manos al ser simple barro y un trozo triangular de piedra fue lo único que quedó con vida tras mi exhaustivo examen. ¿Pero tenía algo? Nada. Aproveché para fijarme un poco más en la retransmisión y coger un poco de comida y agua, al parecer la fumata blanca seguía sin aparecer y un montón de creyentes acampaban a las puertas de la cúpula.
De pronto algo me sobresaltó, un disparo sonó en el exterior y se me cayó todo lo que tenía sobre la mesa de trabajo. Algún zángano estaría cazando vete tú a saber el qué, sin haberme dado cuenta había caído ya la noche y asustado cogí la linterna y me asomé, pero no vi a nadie, sería un campesino asustando a un zorro. Después de reponerme del susto volví a la silla y ¡bien! Fumata blanca a la vista, los gritos se hicieron palpables allá en el vaticano, pero pronto mis preocupaciones se tornaron hacia una tenue luz que brotaba de mi escritorio.

-¡Mierda!-

Las piedras y muestras se habían llenado de agua y comida, genial, todo un trabajo de científico. Separé las muestras importantes y las coloqué a toda prisa en recipientes para poder limpiarlas, hasta la última piedra, hasta llegar a la piedra triangular que había encontrado el doctor. Acto seguido y con el corazón intentando escapar de mi pecho, descolgué el teléfono.

-¿Doctor?...Creo que debería venir a ver esto.
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miércoles, 19 de mayo de 2010

Prólogo, arriba el telón

Prólogo

Arriba el telón

“En el principio Creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba sin orden y Vacía. Había tinieblas sobre la faz del océano, y el Espíritu de Dios se Movía sobre la faz de las aguas. Entonces dijo Dios: "Sea la luz", y fue la luz. Dios vio que la luz era buena, y Separó Dios la luz de las tinieblas. Dios Llamó a la luz Día, y a las tinieblas las llamó noche.” –Génesis, capítulo 1-

-Muy bien leído Yura. ¡Bien! Con esto podemos dar por concluida la clase, recoged vuestros libros y acudid al aula de química.-

Corría el año 1986. La señorita Anya era una excelente y a la vez dura profesora, trataba a sus alumnos con vara de hierro y una disciplina militar, cada mañana, antes de comenzar con sus lecciones hacía que un alumno leyera un párrafo de la biblia para instruir a los jóvenes . Mi compañero Yura era uno de sus lectores predilectos, supongo que sería porque al pertenecer al coro del colegio sabía realizar buenas entonaciones, o tal vez fuera por el simple hecho de que le parecía de lo más estudioso, educado y gentil. Pero yo sabía que Yura de educado y gentil no tenía un pelo, a decir verdad, aprovechaba cada oportunidad que tenía para hacernos la vida imposible a los más bajitos, era en definitiva un cabrón en toda regla.
El colegio en el que estudiaba por aquel entonces era bastante pequeño, como es normal en un pueblo. Aunque no estuviéramos demasiado alejados de la ciudad de Prípiat la vida en nuestro pequeño hogar era, como poco, discreta. El colegio estaba situado en el centro del pueblo, las campanas sonaban por la mañana para llamarnos a misa antes de entrar junto con los padres profesores a las instalaciones educativas. Normalmente las clases eran aburridas pero ésta mañana en especial lo eran el cuádruple, con química a primera hora y borrascas de nacionalismo para toda la tarde, si, definitivamente el mes de abril no era un buen mes para alegrarse de ir al colegio.
El aula de química era cuanto menos, extravagante. Con jeringuillas, tubos de ensayo, probetas y animales destinados a sufrir horribles picores o cambios observables por los alumnos de nuestro desquiciado profesor; el señor Misha. El señor Misha podía bien parecerse a uno de esos locos a los que encerraban en la ciudad de Prípiat, con el pelo gris y andrajoso se paseaba por el aula cual moscardón que acecha una flor, bata blanca de científico y unas gafas tan enormes que abarcaban hasta las cejas, en conclusión, un elemento producto de la amada ciencia. Para rematar el pastel, decir no sobra que era tartamudo.

-“Bibien al alumnnnos, espepepero que hoy halláis tra…traido vuestras aggendas pooporque os assseguro qqque lo que vais a vvver es diidigno de aannnnnotarse y ccucucuenta para la nnnonota final.”-

Imaginen por un momento, solo por un momento, que son testigos de la transformación de una rana, en efecto, una transformación. El profesor Misha cogió aquel día un tubo de ensayo con unos guantes bien gruesos, lo vertió sobre la rana y acto seguido, no había rana. Sin duda toda una demostración de crueldad, ¿en cuanto a la utilidad del experimento? Supongo que la propiedad del ácido de transmutar anfibios con mala suerte.

Como cada mañana, allí estaba ella, yo no podía evitar que mi mirada se perdiera en medio del esplendoroso brillar rubio de aquellos cabellos lisos, ojos azules de cristalina mirada y piel tersa y blanca, como el más puro rayo de divinidad, tan hermosa y frágil como la más bella flor, y tan ardiente, pasional y atractiva como una ninfa que susurra al desdichado corazón de un pobre idiota. Hablo por supuesto de mi amor platónico, Tanya.
Era la chica más guapa de todo el colegio y aunque no podía verla en clase por aquello de que a los hombres no se nos permitía estar con las mujeres, siempre podía verla desde la ventana del aula de química. Ella no me miraba nunca, solo en una ocasión, cuando estornudó y le enseñé un pañuelo desde mi ventana, el recuerdo de aquella sonrisa no dejará nunca de iluminar mi memoria. Pero aquella mañana todo cambió, las luces se apagaron en todo el colegio y el silencio se apoderó del aula casi parecía que pudiera cortar la tensión con el bisturí que tenía en la mano. El suelo comenzó a temblar, primero levemente y después se convirtió en un poderoso agitar que tumbó las sillas, asustados nos escondimos bajo las mesas para evitar ser golpeados, los trozos de techo se estrellaban contra el suelo y el ácido de las probetas no tardó en corroer las mesas y agendas, los gritos y llantos duraron tanto como duró el movimiento y al final, silencio.
Salí de mi refugio en búsqueda de la ventana ¿ella estaría bien? No vi nada, el edificio estaba bien pero el cristal se había roto, la clase estaba destrozada y mi corazón parecía querer reventar y salir del pecho, desde aquel día en la ventana mis ojos jamás volverían a ver nada, a lo lejos, una luz blanca se extendió desde el horizonte.

“Entonces dijo Dios: "Sea la luz", y fue la luz.”
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martes, 18 de mayo de 2010

La primera, de espero que muchas.

Ante todo las presentaciones.

Mi nombre es Carlos López Caubín. Soy escritor amateur y como todo buen principiante estoy comenzando lo que espero acabe convirtiéndose en una obra literaria que la gente pueda leer.
Decidí crear este blog porque, de alguna manera todo lector, es un amigo. Y vosotros, los que estéis leyendo esto sois amigos míos, si, vosotros, los de la pantalla.

Espero de todos el disfrute mutuo, tanto mío escribiendo como el vuestro leyendo. Vuestras críticas, tanto buenas como malas serán recibidas con los brazos abiertos, a todos, un saludo y bienvenidos.

PD: las publicaciones de los capítulos se harán en un principio los miércoles, con apariciones extraordinarias algunos fines de semana en los que puedan aparecer ramalazos de inspiración lírica.


PD2: Agradecimientos a Leyendas de intelon, por sus diversas ideas que han ayudado al desarrollo de este blog.
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