Capítulo segundo
Piedras de sangre
El sonido de los frenos desgastados atrajo mi atención al exterior, había llamado al profesor hace tan solo diez minutos, tiempo suficiente para poner todo patas arriba en medio de mi ataque de nervios ¿Cómo había sido posible? No había explicación lógica ni científica para poder explicar semejante fenómeno. Me apresuré en salir afuera para recibir al doctor, al menos había llegado deprisa.
-Vaya ¿Pero qué tenemos aquí? Si es ni más ni menos que el alumno de nuestro querido profesor.- Sobresaltado, quedé plantado en la puerta de la caseta, no era precisamente el doctor quien había llegado sino uno de sus competidores, el doctor Nollsworth se bajaba del jeep, de faz morena y barba blanca ataviado con un bastón y un traje blanco con sombrero rematado con unos zapatos negros y botones de oro. El doctor Nollsworth era el cabrón más astuto de esta zona del desierto y seguramente también de su ciudad, el profesor tuvo su primer encontronazo con él en la facultad de arqueología, trabajando en la investigación de cuevas abandonó al doctor cuando una galería se les vino encima, para salvar su pellejo. Supongo que lo peor del caso fue que aunque el doctor consiguiera salir el solo le esperaba fuera rodeado de cámaras y periodistas que gravaban su tremenda aflicción, ahora es un ladrón de descubrimientos que nos saca los cuartos cada vez que puede haciendo alarde de mercenarios y asesinos dispuestos a todo por un par de monedas. Es sin duda el tipo de persona que no esperaba encontrar y mucho menos una que me haya gustado conocer.
-Veo que no eran campesinos los que disparaban hace un rato, dígame doctor ¿En qué puedo ayudarle? Tal vez quiera que, no sé ¿le traigo algún animal atado al que pueda disparar?- Mientras hablaba, contaba el número de secuaces que se había traído esta vez, solo tres, suficientes para que me temblaran las piernas. Poco a poco, a medida que se me acercaba entre leves risotadas me acerqué a la mesa donde había dejado la piedra.
-Parece que tienes buen sentido del humor.- Hizo un gesto con la mano y uno de los hombres agarró un saco que llevaban en la parte trasera del jeep.-Veamos si te ríes con esto.- El mercenario soltó el saco bruscamente en el suelo, escuché un quejido familiar. Abrió el saco y allí estaba él, confirmando mis terribles sospechas.
-¡Hamas!-No pude reprimir el impulso de lanzarme hacia el muchacho que yacía inmóvil en el suelo, pero el profesor me detuvo con su bastón.
-No te lo recomendaría, verás, esta gente…se pone muy nerviosa ¿sabes? Tienden a dejar de escucharme cuando se sienten amenazados.- Los mercenarios me sonrieron enseñando sus armas.- Y ahora, vamos a entrar en tu tienducha, vas a invitarme a coger lo que quiera y después voy a irme habiendo cobrado el hecho de que estéis aquí sacando piedritas, ¿entendido héroe?-
-S…si.-
-Bien.- Sonriéndome se metió un puro en la boca y me hizo un gesto para que entrara en la tienda, tenía que distraerle de lo que había encontrado así que debía idear un plan rápidamente o podría pasar de vivo a fiambre en menos de un minuto.
-Verá doctor, el profesor no ha podido encontrar ningún tipo de riqueza material últimamente, pero todavía nos queda algo de la tumba del guardián carcelero que encontramos hará medio mes.- Señalé una esquina de la cabaña en la que había un baúl, sabía perfectamente que en ese baúl solo había ropa pero era el único modo de distraerlo, en cuanto se dirigió hacia allí tapé con un pañuelo la piedra que yacía sobre el escritorio, haciendo como si recogiera apresuradamente.
-Como verá tenemos todo esto hecho un desastre, disculpe el desorden.- Escuché como se abría el baúl.
-Aquí solo hay ropa-
-¿Qué? No puede ser, ju…juraría que dejamos ahí los restos.-
-Ya…-El profesor se llevó la mano a la solapa del traje. Fue entonces cuando vi la respuesta.
-¡Aquí lo tengo! ¿Ve como estaba en un baúl?- El único modo que tenía de salir de esta desesperada situación era entregarle el dinero que tenía ahorrado, pero no era mucho, el pulso me temblaba, cuando me di la vuelta con la caja en la que los guardaba, tenía una punta de pistola amenazando mi garganta.
-Veo que no comprendes lo delicado de tu situación, así que, como soy una buena persona voy a explicártela. Hace ya más de un mes que no vengo a pasaros factura chicos y qué casualidad resulta que cuando llego aquí solo hay un gilipollas aficionado a la lectura que pretende venderme la moto.-Apenas podía balbucear, el miedo me había petrificado y sentía un profundo dolor que me entumecía los músculos. Me agarró del pelo fuertemente y acercó su puro a mi cara, el intenso calor de la ceniza amenazaba mi ojo.
-Me vas a dar mil quinientos dólares americanos, o ese niño que hay ahí fuera va a morir.-
-N…no tengo ese…-
-Disculpa, creo que no te he oído, ¿Cómo dices?- Cogió el puro con una mano y sacándoselo de la boca me lo incrustó en la mejilla, la quemadura me hizo gritar de dolor, caí de rodillas al suelo llevándome las manos a la cara.
-Vaya…así que ahora sí que hablas eh- Uno de los mercenarios entró en la cabaña y me sacó a rastras, pataleé con todas mis fuerzas pero no sirvió de nada, me lanzaron al lado de Hamas que lloraba en el suelo. La arena fría de la noche desértica me cubrió la cara y penetró en la quemadura.
-¡Tengo mil, tengo mil dólares!- Los mercenarios nos rodearon con las armas a punto y el doctor se puso delante de mí.
-Vaya, mil dólares. ¿Le he pedido mil dólares chicos?- Los mercenarios rieron y negaron.-No te he pedido mil míseros dólares, he pedido mil quinientos y no me los has dado, así que…-El doctor apuntó a Hamas con su pistola mirándome fijamente.-Me parece que vas a tener que limpiar todo esto cuando nos vayamos.-Iba a apretar el gatillo, sabía que iba a hacerlo, no me quedó otra salida.
-¡No!, espere…espere por el amor de Dios, he…he descubierto algo hoy.-
-Bueno, parece que ya hablas mi idioma, te escucho-
-Hay una piedra, una piedra debajo de un paño en mi escritorio.-
-Espera, ¿una piedra? Creía que hablabas de dinero, ¿Para qué coño quiero yo una piedra?- Los mercenarios volvieron a reír y esta vez cargaron las armas, uno de ellos se acercó y me ató las manos a la espalda, también hicieron lo mismo con Hamas.
-No es una piedra corriente, la trajo el doctor y creía que no tenía nada, pero cuando le cayó agua encima apareció algo que tenía escrito, no sé que es porque no he podido traducirlo pero le aseguro que algo así vale millones.-
-Millones eh…- Nollsworth hizo una señal y bajaron las armas, su expresión de duda me trajo esperanzas, al parecer había funcionado, pero a qué precio.-Tú, tráeme la piedra.- El mercenario que nos había atado se metió en la caseta y sacó la piedra triangular, el profesor la examinó con detenimiento sosteniéndola con ambas manos y finalmente se la devolvió suspirando.
-Parece que hoy es tu día de suerte, vamos chicos, subamos al jeep.- La cuerda me quemaba las muñecas y el dolor de la quemadura palpitaba en mi mejilla, pero por suerte había conseguido que esos bastardos se fueran, o eso pensaba.
-Verás, hay un pequeño problema, no entiendo una mierda de lo que pone en esa piedra ¿sabes? Y realmente me gustaría poder confiar en ti, pero en este negocio las cosas no funcionan como uno quiere, así que….-
Ante mi atónita e impotente mirada el profesor levantó su pistola y me apuntó a la cabeza, después de sonreírme apuntó a Hamas y una bala atravesó su cabeza con un sonido que retumbó en el desierto y quebró mi alma.
-¡NO!- Mis gritos de dolor se elevaron en el aire a medida que me arrastraba hacia el niño, ¿cómo había podido? Ese hijo de perra pagaría lo que había hecho.
-Ah…me encanta el trabajo de campo, adiós y dale recuerdos a mi querido compañero de graduación.- El jeep se alejó en la inmensidad, llevándose el fruto de nuestra lucha y el alma de un niño inocente. Las lagrimas brotaron de mis ojos como cascadas de cristal, me ardía el corazón, la furia explotaba en mi interior y la rabia se apoderó de mí, me arrastré hasta el cuerpo sin vida del niño y grité, grité hasta que lloraron las estrellas.
Leer más...
Piedras de sangre
El sonido de los frenos desgastados atrajo mi atención al exterior, había llamado al profesor hace tan solo diez minutos, tiempo suficiente para poner todo patas arriba en medio de mi ataque de nervios ¿Cómo había sido posible? No había explicación lógica ni científica para poder explicar semejante fenómeno. Me apresuré en salir afuera para recibir al doctor, al menos había llegado deprisa.
-Vaya ¿Pero qué tenemos aquí? Si es ni más ni menos que el alumno de nuestro querido profesor.- Sobresaltado, quedé plantado en la puerta de la caseta, no era precisamente el doctor quien había llegado sino uno de sus competidores, el doctor Nollsworth se bajaba del jeep, de faz morena y barba blanca ataviado con un bastón y un traje blanco con sombrero rematado con unos zapatos negros y botones de oro. El doctor Nollsworth era el cabrón más astuto de esta zona del desierto y seguramente también de su ciudad, el profesor tuvo su primer encontronazo con él en la facultad de arqueología, trabajando en la investigación de cuevas abandonó al doctor cuando una galería se les vino encima, para salvar su pellejo. Supongo que lo peor del caso fue que aunque el doctor consiguiera salir el solo le esperaba fuera rodeado de cámaras y periodistas que gravaban su tremenda aflicción, ahora es un ladrón de descubrimientos que nos saca los cuartos cada vez que puede haciendo alarde de mercenarios y asesinos dispuestos a todo por un par de monedas. Es sin duda el tipo de persona que no esperaba encontrar y mucho menos una que me haya gustado conocer.
-Veo que no eran campesinos los que disparaban hace un rato, dígame doctor ¿En qué puedo ayudarle? Tal vez quiera que, no sé ¿le traigo algún animal atado al que pueda disparar?- Mientras hablaba, contaba el número de secuaces que se había traído esta vez, solo tres, suficientes para que me temblaran las piernas. Poco a poco, a medida que se me acercaba entre leves risotadas me acerqué a la mesa donde había dejado la piedra.
-Parece que tienes buen sentido del humor.- Hizo un gesto con la mano y uno de los hombres agarró un saco que llevaban en la parte trasera del jeep.-Veamos si te ríes con esto.- El mercenario soltó el saco bruscamente en el suelo, escuché un quejido familiar. Abrió el saco y allí estaba él, confirmando mis terribles sospechas.
-¡Hamas!-No pude reprimir el impulso de lanzarme hacia el muchacho que yacía inmóvil en el suelo, pero el profesor me detuvo con su bastón.
-No te lo recomendaría, verás, esta gente…se pone muy nerviosa ¿sabes? Tienden a dejar de escucharme cuando se sienten amenazados.- Los mercenarios me sonrieron enseñando sus armas.- Y ahora, vamos a entrar en tu tienducha, vas a invitarme a coger lo que quiera y después voy a irme habiendo cobrado el hecho de que estéis aquí sacando piedritas, ¿entendido héroe?-
-S…si.-
-Bien.- Sonriéndome se metió un puro en la boca y me hizo un gesto para que entrara en la tienda, tenía que distraerle de lo que había encontrado así que debía idear un plan rápidamente o podría pasar de vivo a fiambre en menos de un minuto.
-Verá doctor, el profesor no ha podido encontrar ningún tipo de riqueza material últimamente, pero todavía nos queda algo de la tumba del guardián carcelero que encontramos hará medio mes.- Señalé una esquina de la cabaña en la que había un baúl, sabía perfectamente que en ese baúl solo había ropa pero era el único modo de distraerlo, en cuanto se dirigió hacia allí tapé con un pañuelo la piedra que yacía sobre el escritorio, haciendo como si recogiera apresuradamente.
-Como verá tenemos todo esto hecho un desastre, disculpe el desorden.- Escuché como se abría el baúl.
-Aquí solo hay ropa-
-¿Qué? No puede ser, ju…juraría que dejamos ahí los restos.-
-Ya…-El profesor se llevó la mano a la solapa del traje. Fue entonces cuando vi la respuesta.
-¡Aquí lo tengo! ¿Ve como estaba en un baúl?- El único modo que tenía de salir de esta desesperada situación era entregarle el dinero que tenía ahorrado, pero no era mucho, el pulso me temblaba, cuando me di la vuelta con la caja en la que los guardaba, tenía una punta de pistola amenazando mi garganta.
-Veo que no comprendes lo delicado de tu situación, así que, como soy una buena persona voy a explicártela. Hace ya más de un mes que no vengo a pasaros factura chicos y qué casualidad resulta que cuando llego aquí solo hay un gilipollas aficionado a la lectura que pretende venderme la moto.-Apenas podía balbucear, el miedo me había petrificado y sentía un profundo dolor que me entumecía los músculos. Me agarró del pelo fuertemente y acercó su puro a mi cara, el intenso calor de la ceniza amenazaba mi ojo.
-Me vas a dar mil quinientos dólares americanos, o ese niño que hay ahí fuera va a morir.-
-N…no tengo ese…-
-Disculpa, creo que no te he oído, ¿Cómo dices?- Cogió el puro con una mano y sacándoselo de la boca me lo incrustó en la mejilla, la quemadura me hizo gritar de dolor, caí de rodillas al suelo llevándome las manos a la cara.
-Vaya…así que ahora sí que hablas eh- Uno de los mercenarios entró en la cabaña y me sacó a rastras, pataleé con todas mis fuerzas pero no sirvió de nada, me lanzaron al lado de Hamas que lloraba en el suelo. La arena fría de la noche desértica me cubrió la cara y penetró en la quemadura.
-¡Tengo mil, tengo mil dólares!- Los mercenarios nos rodearon con las armas a punto y el doctor se puso delante de mí.
-Vaya, mil dólares. ¿Le he pedido mil dólares chicos?- Los mercenarios rieron y negaron.-No te he pedido mil míseros dólares, he pedido mil quinientos y no me los has dado, así que…-El doctor apuntó a Hamas con su pistola mirándome fijamente.-Me parece que vas a tener que limpiar todo esto cuando nos vayamos.-Iba a apretar el gatillo, sabía que iba a hacerlo, no me quedó otra salida.
-¡No!, espere…espere por el amor de Dios, he…he descubierto algo hoy.-
-Bueno, parece que ya hablas mi idioma, te escucho-
-Hay una piedra, una piedra debajo de un paño en mi escritorio.-
-Espera, ¿una piedra? Creía que hablabas de dinero, ¿Para qué coño quiero yo una piedra?- Los mercenarios volvieron a reír y esta vez cargaron las armas, uno de ellos se acercó y me ató las manos a la espalda, también hicieron lo mismo con Hamas.
-No es una piedra corriente, la trajo el doctor y creía que no tenía nada, pero cuando le cayó agua encima apareció algo que tenía escrito, no sé que es porque no he podido traducirlo pero le aseguro que algo así vale millones.-
-Millones eh…- Nollsworth hizo una señal y bajaron las armas, su expresión de duda me trajo esperanzas, al parecer había funcionado, pero a qué precio.-Tú, tráeme la piedra.- El mercenario que nos había atado se metió en la caseta y sacó la piedra triangular, el profesor la examinó con detenimiento sosteniéndola con ambas manos y finalmente se la devolvió suspirando.
-Parece que hoy es tu día de suerte, vamos chicos, subamos al jeep.- La cuerda me quemaba las muñecas y el dolor de la quemadura palpitaba en mi mejilla, pero por suerte había conseguido que esos bastardos se fueran, o eso pensaba.
-Verás, hay un pequeño problema, no entiendo una mierda de lo que pone en esa piedra ¿sabes? Y realmente me gustaría poder confiar en ti, pero en este negocio las cosas no funcionan como uno quiere, así que….-
Ante mi atónita e impotente mirada el profesor levantó su pistola y me apuntó a la cabeza, después de sonreírme apuntó a Hamas y una bala atravesó su cabeza con un sonido que retumbó en el desierto y quebró mi alma.
-¡NO!- Mis gritos de dolor se elevaron en el aire a medida que me arrastraba hacia el niño, ¿cómo había podido? Ese hijo de perra pagaría lo que había hecho.
-Ah…me encanta el trabajo de campo, adiós y dale recuerdos a mi querido compañero de graduación.- El jeep se alejó en la inmensidad, llevándose el fruto de nuestra lucha y el alma de un niño inocente. Las lagrimas brotaron de mis ojos como cascadas de cristal, me ardía el corazón, la furia explotaba en mi interior y la rabia se apoderó de mí, me arrastré hasta el cuerpo sin vida del niño y grité, grité hasta que lloraron las estrellas.
